MUSAC
Domingo Sánchez Blanco

Domingo Sánchez Blanco

(Salamanca, 1955) Artista visual español, cuyo trabajo —que incluye perfomances, vídeos, instalaciones, esculturas y acciones imprevisibles— se presenta como un conjunto de gestos capaces de desafiar el estatuto del arte. La irreverencia y la profusión serían dos de sus cualidades más reconocibles. Pero este desafío a los órdenes y comportamientos establecidos, en constante desarrollo, adquiere diferentes formas. Sánchez Blanco elabora sus piezas desde la propia implicación, tanto en relación a los temas que elige como a los modos de interpretarlos. Puede, por ejemplo, caracterizar a un actor porno como un boxeador. O desplazarse hasta París, con el único fin de pedirle al artista y escritor aún vivo Pierre Klossowski sus propias cenizas. El sexo, la muerte, el amor, la violencia o la pornografía suelen conformar sus puntos de referencia. Las piezas de Domingo Sánchez Blanco mezclan radicalidad, poética y sentido del humor, presentándose como procesos en constante evolución. La brevedad explosiva del instante (2014). Aprox. 30 min. La brevedad explosiva del instante es una acción llevada a cabo en colaboración con KAOS y CELSO COLLAZO basada en una visita a Blanchot que nunca llegó a llevar a cabo debido a la muerte inminente del entrevistado en fechas previas al día de la visita acordado. En la acción, Sánchez Blanco busca y registra el sonido ambiente, los leves movimientos y sonidos aleatorios producidos en espacio en el que representa la acción para luego amplificarlos en un intento de…. En palabras de Fernando Castro Flórez “En tiempo de barbas, pilosidades sobaqueras y piernas peludas hasta el recoveco innombrable, conviene poner la oreja a remojar, antes de que ahí se produzca el atasco propio de la pelambrera del gnomo viejuno. Tras cientos de conferencias, incluso para champiñones, después de maratonianos esfuerzos para tratar de aumentar la “confusión reinante”, llega el momento de abandonar incluso la cantinela del “jazz-matarile” (derivado en meadas en lo alto del tejado museal) para tratar de escuchar el silencio diamantino. En esta temporalidad ya dio lecciones extremadas e incluso bufonescas John Cage y, sin caer en la pomposidad zen ni en martingalas de esa categoría, Domingo Sánchez Blanco retoma uno de sus pilares filosóficos (tatuados como mandan los cánones): Blanchot y su mirada de Orfeo, la búsqueda de aquellos residuos que van desde el Libro mallarmeano al “fracasa mejor” de Beckett. Se trata de amplificar los ruidos de los espectadores (esto me lo cuenta sin arabescos ni discursos mostrencos el agitador de turno) para adentrarse en lo desconocido o, mejor, en lo inaudito. Tal vez esto no sea otra cosa que una prefiguración de un “libro que vendrá”, en la estela de “Matarile” y “De matute”: “Como una tapia”. Todo tiene, de costumbre, que tener un tono siniestro (familiar y extraño, inhóspito sin concesiones) y por eso el protagonista no puede ser otro que un escarabajo, fácilmente emparentado con aquel pobre Gregor Samsa que no parecía capaz de dormir como una perfecta marmota. Ya la están peinando (cosa mala para los calvos que no somos pocos) y parece que con parsimonia. Lo de “brevedad” puede ser una jodida recoña. Nadie sabe lo que puede un cuerpo ni cuanto puede durar una auscultación de este tipo. Porque, sin ningún género de dudas, lo que esta conferencia bizarra plantea es la posibilidad de un discurso “auscultador” más que cultural o cultivado. Ausculta, como ha recordado Georges Didi-Huberman, es, ante todo, escuchar el cuerpo de otro: “La medicina moderna ya no tiene, que duda cabe, los pudores de la auscultatio medieval. Pero auscultar significa tocar con tacto, mirar escuchando, palpar sin atropellar, sin desgarrar, sin invadir el íntimo dolor del otro”. Algo intangible (un murmullo, un carraspeo, un jadeo), indecente (un eructo o un pedo), inesperado (un pensamiento lúcido), indignado (un exabrupto, un blasfemia, un insulto de tomo y lomo), indisciplinado (una conferencia sin ton ni son, al pairo de las convenciones académicas), surgirá, no lo dudo, en este acto “explosivo” e “instantáneo”. No me lo pierdo, aunque esté, por cuestiones de digitación, de tacto y delicadeza, a cientos de kilómetros. El fulgor de lo diamantino (como el de un anillo “solitario” en la mano de un desertor de la filosofía) llega hasta los rincones más sórdidos, allí donde hasta los sordos escuchan palabras rebotando, como en el eco de una tapia”.

domingo1 _ domingo2

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